Querido Dios…

Querido Dios:

En las pocas veces que fui a la iglesia, me dijeron que tú creaste el mar. ¿Es cierto?, porque, si lo es, debo reconocerte que te quedó hermoso. Si este será mi último momento con vida, me alegra que sea aquí.

Perdona si tardo un poco en expresarme; las cuerdas de mis piernas me están comenzando a lastimar. Tuve que atarlas muy fuerte, porque en el otro extremo de ellas están amarradas estas piedras grandotas. Dios… estoy a punto. Estoy sentada en lo alto del peñasco pensando en lo fácil que sería empujar estas dos piedras hacia el mar, para que su peso jale mis piernas junto a ellas y mi cuerpo se hunda.

¿Debo hacerlo?

Ni siquiera sé si me estás escuchando… Dicen que amas a todos, pero no sé si me amas a mí. Mi madre dice que no; al parecer, tú no amas a las ladronas, ni a las asesinas, ni a las lesbianas… y yo soy todo eso.

Pero ¿qué querías que hiciera? Sí, estoy llorando, pero no te distraigas; escúchame. La niña Isabel no tenía nada de comida y me partía el corazón ver cómo le decía a cada rato a su mamá que tenía mucha hambre y que le diera algo, aunque fueran frijolitos.

Era muy fácil meterse al súper y tomar toda esa comida, las cámaras no servían y la cajera siempre estaba metida en su celular. Lo hice por varios meses, no creí que podrían atraparme y mucho menos que me fueran a humillar así, frente a todo el pueblo… Te juro que pensaba pagar todo algún día, te juro que solo lo hice por la niña Isabel.

Y, además, está Julieta. Tú sabes cuánto la quise. Ay, Dios, ¿cuántas noches recé por ella? Tú sabes lo importante que era para mí. Yo solo buscaba darle lo mejor… Me partí el lomo tanto tiempo trabajando en el mercado, intentando ahorrar poco a poco para poder conseguir un lugar donde vivir juntas, en alguna ciudad mejor…

¿Cómo crees que me sentí cuando estaba repartiendo aquel pedido y la vi con otra? Se me partió el alma… y yo no pretendía matar a esa extraña, pero tú conoces mi temperamento. Solo quería asustarla, por eso la seguí y, cuando estuvo sola, me le lancé encima… Cuando su cuello estaba entre mis manos y el color ya se le estaba yendo, lo consideré. No lo hice, pero por un momento lo pensé, pensé en matarla. Hubiera sido capaz. No sé tú, pero desde entonces yo me digo que eso es lo mismo que ser una asesina.

Pero es que yo en serio la quería, Señor… Mírame, no puedo hablar de ella sin ponerme a chillar… aunque quién sabe si a ti te importe. Mi madre dice que no puedes quererme, porque tenía novia en lugar de novio, pero ¿tan cruel eres? ¿En serio puedes decirme que mi pecado fue querer a alguien?

Siempre me consideré una buena mujer. En mi mente, siempre hice todo con tal de que las personas que quiero estuvieran bien. Jamás lastimé a nadie… bueno, nunca con intención, nunca de la nada… pero todo fue en vano, pues aquí estoy hoy, con el pueblo entero considerándome una ratera, con una denuncia por intento de asesinato y sin un lugar donde dormir, porque mi madre dice que le doy asco.

Y, si esa es la vida que me espera, Dios mío, yo no la quiero…

¿Estás ahí? Demuéstramelo… por favor, te lo ruego…

Dame una señal, porque estoy desesperada.

Dame una señal, porque intento convencerme de que estás ahí.

Dame una señal, porque mis manos están sobre la piedra y solo es cuestión de empujarla.

Dios mío, por favor…

Dame una señal…

…porque me voy.

Imagen: Neil Banas en Flickr.

5 comentarios sobre “Querido Dios…

  1. Wow! Me has dejado con la lágrima aflorando, con un nudo en el estómago. Lamentablemente, la historia que hoy nos cuentas, tan cruda y sincera, es en parte la vida real. Los putos (con perdón) prejuicios hacen llevar a la gente a la soledad, a la locura y a veces a un punto de no retorno. Y espero que a esa gente, como tu personaje de esta historia, tenga un Dios que le escuche, ya que a su pesar, no pueda tener otra madre.BEsos.

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